Historias Laborales II. La Caseta de cobro

Esta es la historia del que considero mi peor trabajo, o mejor dicho donde peor la pasé, laboral y personalmente. Uno de esos empleos donde casi todo lo que pudo haber salido mal, salió mal.

Introducción

Ya corría el 2018, el emprendimiento daba frutos pero no los suficientes, aunado a que ya comenzaba a ser un dolor de cabeza debido a ciertos desacuerdos y situaciones que pasaban en el estado de Oaxaca y el País en general. En mi familia se atravesaba una situación económica difícil y yo intentaba ayudar con lo que pudiera.

En ese entonces me puse a buscar trabajo, intenté entrar ya desde esas fechas en el ramo de los sistemas embebidos, pero no pude, no tenía experiencia, ni contactos ni era lo suficientemente bueno en el inglés para entrar a una empresa de este tipo. Además de que ya habían pasado 3 años de haber egresado de la universidad y en un par de organizaciones eso me descalificaba para un puesto de nivel junior. Sin muchas opciones me vi en la necesidad de buscar oportunidades nuevamente en soporte técnico, redes o mantenimiento.

En ese momento fui descartado por varios gigantes de la industria como Continental, Oracle, IBM, Altran, Alten, entre otros para el mundo de los sistemas embebidos.

En ese periodo hice procesos de selección con varias empresas y organizaciones locales, entre ellas: La Universidad La Salle que me dejó fuera del proceso para el puesto de técnico de redes, según el análisis con mis amigos por mi apariencia, dado que todo lo que me solicitaron en conocimientos técnicos y habilidades lo tenía ya con experiencia comprobable. El problema fue que no tenía ropa formal para cuando fui a la entrevista, y esta es una institución donde solo va gente bien.

Otra organización que me dejó fuera de proceso fue una empresa que se dedicaba a instalar torres de radiofrecuencia y fibra óptica local, de esos coyotes a los que tanto desprecio, porque solo se dedican a revender contratos de Telmex, Izzi y Totalplay, a sobreprecios y con velocidades y servicios pésimos. Su motivo fue: Para trabajar con nosotros, necesitas contar con vehículo propio

Las mineras en ese entonces pasaban por problemas sociales muy fuertes y no contrataban a nadie si no ibas recomendado por algún conocido. Y mi ser asocial me había privado de amistades y contactos en la universidad y la prepa, así que tampoco tuve opciones ahí.

Lo que quedaba eran vacantes para puestos de mantenimiento en un par de casetas de cobro que hay en el Estado de Oaxaca, una de ellas fue la caseta de cobro de Huitzo, la otra era la caseta de cobro de Mitla donde sí me contrataron.

La Caseta de Cobro de Mitla

Toda una de esas historias que me encanta narrar debido a lo hilarante del asunto y las muchas cosas que pasaron en el corto tiempo.

San Pablo Villa de Mitla es un pueblo ubicado a unos 40 minutos de la ciudad de Oaxaca, es un destino turístico muy popular por sus ruinas arqueológicas, su gastronomía y su cultura.

La oportunidad laboral que surgió era para trabajar en la caseta de cobro de la interminable autopista Mitla-Tehuantepec, que es una de las vías más importantes del estado, ya que conecta el Istmo de Tehuantepec, sobre todo el puerto de Salina Cruz con Oaxaca capital y el resto del país.

Dadas las condiciones del Estado, la construcción de esta autopista se volvió la caja chica de casi 20 años de administraciones tanto estatales como locales, donde todo mundo trataba de sacar provecho propio. Todo este desastre hecho por las constructoras, los sindicatos y los políticos.

En fin, la empresa que es la administradora de los cobros de la autopista, sacó una vacante para técnico electromecánico en la caseta de Mitla, y yo me postulé.

Apliqué por Computrabajo y también mandé mi CV al email de la vacante, pero no recibí respuesta. Se me hacía raro: eran 4 puestos disponibles, pedían solo un año de experiencia y yo ya traía dos formales más una vida reparando cosas por mi cuenta. Además había dejado claro que estaba dispuesto a mudarme.

Así que me armé de valor y fui personalmente a la caseta a dejar mi CV.

Cuando llegué me dirigí a la oficina y el guarda me llevó con recursos humanos, ahí me atendió la encargada de RH, una licenciada que me recibió amablemente, y desde este punto vi las red flags, pero yo necesitaba el empleo así que no le di mucha importancia.

— Me dijo: “sí vi tu CV pero, como vi que vivías en Ocotlán no pensé que te interesara mudarte aquí a Mitla”, para esto le dije: — “resalté en mi CV que estaba dispuesto a un cambio de domicilio”.

Con esto me dijo que no lo había visto y luego comenzó a revisarlo: aquí dice que sabes de redes, pero esta vacante es de mantenimiento, le dije: — “sí, pero también en mis experiencias anteriores se podrá dar cuenta que el mantenimiento de equipo eléctrico y de cómputo es parte de mi experiencia laboral”.

También me dijo que dónde quedaba la universidad donde estudié, lo que me pareció muy raro, debido a que en el estado de Oaxaca solo hay unas cuantas universidades de ingeniería y yo salí de una de las más prestigiosas. El pensamiento en mi cabeza fue así: “Usted es de Oaxaca y no sabe dónde estudian los oaxaqueños; si es encargada de atracción de talento, ¿cómo va a saber de dónde sacar ese talento?”. En fin, le expliqué que estudié en Huajuapan de León y que aunque mi promedio de calificaciones no fue el mejor, en el CENEVAL fui sobresaliente.

— Siendo así, te voy a dar la oportunidad. Aquí hay un cuestionario, tienes una hora.

Eran unas 20 o 25 preguntas de redes, hardware, ley de Ohm y teoría básica de circuitos; el puesto solo requería preparatoria terminada. Lo resolví en 20 minutos.

La licenciada lo revisó y me preguntó: ¿Estás seguro? Le dije que sí. Después me enteré de que saqué alrededor del 96%. Me dijo que esperara noticias.

Y fue todo, un par de semanas después me llamaron para decirme que el puesto era mío y que cuándo podría empezar a trabajar; si mal no recuerdo fue mi fecha de entrada en mayo del 2018.

El salario bruto era de alrededor de $10,100 pesos mensuales, algo más en el turno nocturno, más prestaciones de ley y vales de despensa de unos 600 pesos. Competitivo para Oaxaca, bajo para el resto del país. Y como en la UMAR, ya estaba todo definido en una tabla de Excel: oportunidad de negociar, ninguna.

Los horarios eran de lunes a sábado o de domingo a viernes, según el turno. Solo un día libre a la semana.

Lo gacho era para los demás, sobre todo para la raza de mantenimiento; según mis cálculos, ganaban alrededor de 4,800 pesos libres al mes. Imagínense vivir con eso. Y lo peor del caso es que les daban más tiempo a la empresa por un acuerdo fraudulento al que llegaron. Si mal no recuerdo, ellos entraban a las 7:00 h y salían a las 16:30 h, de lunes a viernes, esto con el afán de tener dos días libres para poder dedicarse a otra cosa el fin de semana; había quienes manejaban un mototaxi, le daban tendido y tundido al telar o a la agricultura. En fin, se supone que nosotros firmábamos por 48 h a la semana, pero ellos trabajaban 50, así que regalaban 2 h por semana de su vida a la empresa solo para poder tener un “día libre” a la semana: al año, 13 días laborales no remunerados.

La mudanza

En ese momento yo vivía entre la casa de mis papás y una casa que rentábamos con mis amigos, donde ni siquiera tenía un cuarto, solo vivía en un pasillo y dormía en un colchón en el suelo.

En ese momento, dos días antes de presentarme a trabajar, viajé a Mitla con todas mis pertenencias que cabían en una mochila y conseguí un pequeño cuarto donde vivir, de esos que miden como 3 x 5m y tienen un pequeño baño, sin cocina ni nada, solo el espacio para dormir y guardar mis cosas.

La cuestión fue que llegué el lunes a mi primer día de trabajo, donde conocí a quien sería mi compañero y gran amigo, el buen Jonathan, un joven en ese entonces como de 22 o 23 años si mi memoria no me falla, que casualmente vivía a unas cuantas cuadras de la casa OLIN como le llamábamos al lugar donde estaba nuestro emprendimiento en la ciudad de Oaxaca.

Primeros días de trabajo

El primer día nos dieron una inducción de la que yo ya estaba familiarizado, pero me sirvió para ver otras banderas rojas.

La más notoria: la licenciada nos dijo que ahí nadie era indispensable y que si queríamos renunciar había una fila para reemplazarnos. Además, no tendríamos jefe por el momento; quedaríamos bajo el jefe de mantenimiento de carreteras, el encargado de limpiar la vía, tapar baches, pintar y jardinería. Él nos diría qué hacer y nosotros tendríamos que resolverlo solos.

También nos informaron que tendríamos dos turnos: el turno 2, el cual corría de 8am a 4pm, y el turno 3, el cual iba de las 4pm a las 12am, con rotación mensual; además de que los tiempos de llegada y tolerancia eran muy estrictos: si llegabas tarde más de 1 minuto se consideraba retardo, más de 15 minutos si mal no recuerdo se consideraba falta y cuando eso pasaba te amonestaban con un dos de salario, es decir te descontaban el día que llegaste tarde y además te amonestaban no pudiendo laborar un día más en la siguiente quincena, si la falta no era justificada. Me enteré que mi amigo Eliezer, sufrió una de esas amonestaciones porque llego tarde debido a que llevo al hospitala su pequeña hija, y dado que el no fué el enfermo, no le hicieron valido el justificante médico.

En fin, en la primera semana estuvimos trabajando ambos en el turno 2 en lo que medio nos capacitaban, y en esos días nos hicimos amigos Jonathan y yo mientras reparábamos lámparas LED, cambiábamos luminarias, reparábamos instalaciones eléctricas, instalaciones de plomería y sistemas hidroneumáticos, entre otras cosas.

Para la segunda o tercera semana, yo me quedé en el turno 3 y Jonathan se quedó en el turno 2. Hasta ahí todo iba bien, pasó poco más de un mes cuando se unió a nosotros el sujeto que sería nuestro jefe directo. El buen William.

William era originario del Istmo de Tehuantepec, ya traía experiencia trabajando en mantenimiento eléctrico, se decía un ingeniero hecho y derecho; él ya había tenido su inducción en otra caseta de cobro de la misma empresa cerca de la ciudad de México, donde lo instruyeron en los manuales de mantenimiento y las tareas a realizar de sus chalanes. Es decir, Jonathan y yo, y otro par de compañeros del lado del Istmo de Tehuantepec.

Entonces se definió la estructura del trabajo que íbamos a desempeñar, que a grandes rasgos era la siguiente:

  • El jefe de mantenimiento electromecánico manda a sus chalanes a realizar las tareas de mantenimiento.
  • Los chalanes dicen sí patroncito y diligentemente van a realizar sus tareas, que incluyen:
    • Limpiar con una franela las partes de los sensores de las casetas, para que no se ensucien y no den fallas.
    • Limpiar las carcasas de las computadoras para quitarles el polvo.
    • Localizar las fuentes de iluminación y garantizar que estén en funcionamiento; si no, cambiar las lámparas.
    • Limpiar conexiones eléctricas, bornes de cables y partes de contacto en los circuitos de la electrónica de los sistemas de cobro.
    • Verificar que los radios de los postes de emergencia funcionen correctamente.

Y entre otras cosas, que como podemos ver con haber terminado la preparatoria sería suficiente para desempeñar el trabajo.

Historias y anécdotas

Si bien no todo fue malo, hubo momentos que me fueron quemando poco a poco y me hicieron sentir no perteneciente a este mundo laboral, lo cual al final me terminó quebrando y me hizo renunciar, aunque sacándole algo de provecho al asunto.

Discriminación y clasismo

Para empezar me di cuenta de algo: dado que mi uniforme era igual al de los trabajadores de mantenimiento, notaba que algunos de los cobradores de las casetas no me dirigían siquiera el saludo. Eso al inicio no me hizo sentir mal ni se me hacía raro hasta que fui consciente del por qué.

Resulta que una noche cuando estaba limpiando los equipos exteriores el guardia me dio el saludo de buenas noches: — “Buenas noches, ingeniero, ya desquitando el sueldo”. A lo cual el par de cobradoras en la caseta le dijeron al guardia: — ¿Ingeniero? Y yo les respondí: sí, aunque no me gusta que me llamen por el título quasi-nobiliario, me llamo Octavio y soy técnico electromecánico, aunque sí, tengo por ahí un papel que dice que soy ingeniero electrónico por la UTM.

Casualmente, después de eso casi todo mundo me saludaba de un día para otro. Lo triste de esto es que a los compañeros de mantenimiento los discriminaban por ser jornaleros, algunos solo tenían terminada la primaria y aunque había por ahí un arquitecto colado entre ellos del que hablaremos unas líneas más abajo, fue una de esas ocasiones donde vi que la sociedad de castas sigue bien viva en mi bonito estado de Oaxaca.

Como adelanto de la historia, algunas veces a mí me tocaba ir por las carnitas o por el almuerzo para los jefazos. Cuando les contaba estas historias en CODE Ingeniería, el buen Felipe se la pasaba diciéndole al amigo César: ¡ya wey, mándalo por las carnitas para que no diga pendejadas! Jejeje.

El comedor

Otra de las cosas que me hacía sentir mal al estar ahí, era que al comedor de la oficina no dejaban entrar a los compañeros de mantenimiento. Una vez los vi a varios de ellos comiendo en el cuarto de máquinas donde estaba la planta de emergencia, junto al diésel, la gasolina y el aceite, a unos cuantos metros del transformador eléctrico. A lo cual les pregunté por qué no iban al comedor; ahí me enteré de que era porque, como ellos trabajaban en el sol, sudaban y se ensuciaban, no podían estar junto a los cobradores y los licenciados que iban perfumados y tenían aire acondicionado en sus cubículos.

Al final, después de decirles que no se me hacía justo e ir a molestar a su jefe con el tema, se autorizó un comedor para nosotros, en una galera cerca del almacén de materiales donde al menos teníamos unas mesas y unas bancas hechas con material reciclado de la chatarra; que aunque no era lo mas cómodo y lujoso, al menos ya había un espacio digno para comer y descansar la media hora de ley.

Las tormentas

En lo personal los primeros meses me la llevé tranquilo, me acostumbré bien rápido a la rutina y dado que siempre he sido bastante proactivo y algo sociable me hice de amistad con varios compañeros: con el Jonathan, los chavos de mantenimiento, el jefe de mantenimiento, mi jefazo, el sobrestante (subjefe de mantenimiento), varios cobradores, los guardias, alguno de los administrativos y hasta con la jefa de recursos materiales.

Pero luego comenzaron las tensiones y los problemas. Como contexto, tengo que contar un par de anécdotas: para empezar, y derivado de mi proactividad (aburrimiento), me di cuenta que había problemas en varias PC’s de la sección de los supervisores de cobro, entonces me autoimpuse la tarea de analizar los logs de los paquetes en los servidores (dado que traigo sólidos conocimientos de redes y administración de sistemas operativos), aislé los eventos y pude solucionar los problemas. Lo que me trajo tensiones con algunos de los supervisores, esto debido a que al menos una de las computadoras fallaba porque alguno de ellos utilizó una memoria USB infectada con uno virus.

También tuve ciertos roces con mantenimiento porque en una ocasión, no me proporcionaban equipo de seguridad para pintar, a lo que yo argumenté que, sin mascarilla, guantes, gafas y ropa adecuada, no podía trabajar porque me iba a hacer daño a la salud respirar solventes. Me quisieron molestar mencionando mi “hombría” y solo vi cómo les cambió el rostro cuando mencioné cierto artículo de la Ley Federal del Trabajo. Al final terminé pintando una puerta con brocha, solo protegido con un cubrebocas de los que sirven para mitigar el polvo, y a drede tome dos o tres días para terminar mis tareas.

Algunos compañeros decidieron también pedir equipo de seguridad después de ver mi determinación y eso “fue mal visto” por mantenimiento, operaciones y RH. Al final terminaron dándonos el equipo de seguridad, aunque no era el adecuado, pero al menos ya teníamos algo para protegernos.

Otra de las tareas que realicé fue darle mantenimiento al sistema de tierras que, en algunos puntos, estaba ya oxidado y desconectado en varios puntos de contacto con las varillas; me tocó entonces conectar las terminales y soldar al menos con estaño algunas de las conexiones para garantizar que, si ocurría alguna descarga, el sistema de tierras estuviera funcionando. Sugerí que se hiciera lo mismo en el Istmo de Tehuantepec, para evitar problemas con las descargas por las tormentas eléctricas, pero no se hizo nada al respecto.

La naturaleza a veces se vuelve un juez implacable: efectivamente, cayó un rayo en nuestras casetas remotas, y las reparaciones arcaicas que se implementaron lograron resistir la descarga, protegiendo la planta de emergencia, el transformador e incluso a los guardias de seguridad y compañeros que estaban en la zona.

Unos meses después, Tláloc se encargó de demostrar una vez más su poder y terminó quemando el transformador de alimentación de la caseta principal en Tehuantepec. Los gastos de diésel y reparación se dispararon, aunque no hubo consecuencias para William ni para nadie; en lo personal me quedó la satisfacción de que tenía la razón.

Luego de eso también me dediqué a hacer ciertas revisiones de equipos de radio, y me di cuenta de que podía hacer funcionar algunos de los radios que estaban en desconexión y aún no habían sido vandalizados. Con mis conocimientos de andar flasheando microcontroladores, conseguí el software para flashear el firmware de los radios que teníamos operando al 0 % y pude hacerlos funcionar instalando una antena en la central y luego dando mantenimiento a los postes de emergencia. Lo que subió nuestros indicadores hasta un 80 % (ya sabrán que los indicadores son ecuaciones que algún sujeto se inventa para aparentar que trabaja).

Para este caso, mi jefazo no tenía conocimientos técnicos para realizar esas actividades y tanto la gerencia como los compañeros se dieron cuenta de que era yo quien estaba a cargo de las operaciones, y comenzaron a molestar a mi jefazo, al grado de que en algún punto uno de mis espías en la junta de jefes me dijo que desde la gerencia le dijeron al William (desde arriba) que parecía que el chalán mandaba, que me aplacara un poco. Ahí todo se comenzó a poner tenso.

En algún punto una tormenta más azotó la zona, cayó un rayo cerca y seguramente la descarga afectó a una de las plantas de emergencia, que dejó de funcionar. Esto pasó en la madrugada y me llamaron alrededor de las 2 a. m. para que fuera a revisar, así que salí en mi bicicleta en medio de la tormenta.

Llegué a la oficina, junté herramienta, encendí la camioneta y me fui a la caseta remota a trabajar en la reparación; por cierto, utilicé como refacciones materiales propios (unos relevadores y unos diodos que tenía en mi caja de herramientas personal). Luego de eso regresé a la oficina, bajé la caja de herramientas de la camioneta, la dejé sobre la mesa y me dispuse a ir a dormir a mi cuarto, recorriendo otra vez el camino en medio de la tormenta en bicicleta.

El problema fue que, al día siguiente, mi jefazo me levantó un correo por “no dejar las herramientas ordenadas y en su lugar”, y el reporte de la reparación ya estaba firmado por alguien más.

En otro percance, le di mantenimiento de rutina a una computadora: limpieza con alcohol isopropílico, desempolvado de ventiladores y cambio de pasta térmica. Todo en orden, con su prueba de encendido al final. Todo en el turno 3, para evitar molestar a los cobradores y supervisores.

Al día siguiente me llamaron William y Jonathan a las 10am: el equipo no funcionaba. Ya había un correo culpándome. Llegué en la tarde a revisar que pasaba, fui a las cámaras de vigilancia por si acaso encontraba alguna pista, y encontré el problema, de capa 8 por cierto: el usuario había apagado la computadora a la fuerza en medio de una actualización con el tradicional botonazo, corrompiendo el sistema operativo.

Sus archivos estaban intactos, pero como ya me había ganado su desconfianza, desecharon mi diagnóstico y mandaron la computadora a CDMX para que la revisara un experto… luego les contaré el desenlace.

Estas cosas empezaron a pasar por ahí de agosto. En uno de esos días de mantenimientos en alturas, me tocó subir a revisar unas antenas de Wi-Fi y de radio en una torre, la cual escalé con un arnés de seguridad que por cierto me había colocado mal, debido a que no tuve una capacitación al respecto, aunque afortunadamente no me pasó nada; en esos días andaba bastante fuerte físicamente.

En fin, colgado a 30m sobre el suelo con las ráfagas de viento soplando y temblando entre el cansancio y la adrenalina, me llegó la catarsis, diciéndome internamente: “Yo sabía programar, ¿qué fregados hago haciendo esto? Yo sí quería ser godinez” (la última frase me la dijo Sotero, un amigo arquitecto que inició en mantenimiento y luego saltó a cobrador, del que ya les hablé antes).

Ahí perdí la proactividad hacia la empresa y comencé a dedicarla a mí mismo: me llevé un viejo programador de microcontroladores AVR y una tarjeta Tiva C de Texas Instruments al trabajo, instalé los IDEs y los drivers en la computadora que tenía asignada y me dedicaba a llegar a mi empleo, realizar mis tareas apegado al manual de mantenimiento y luego me ponía a estudiar y practicar con mis microcontroladores, sobre todo en los turnos nocturnos. También instalé Duolingo y me ponía a ver videos de aprender inglés en YouTube. Sabía que mi destino eran los sistemas embebidos y abandonar por fin el mantenimiento y las redes. Al menos como principal medio de sustento.

Era gracioso: aprecio mucho al pinche Jonathan, y le sugerí que podía hacer carrera en informática o electrónica en alguna universidad en línea, incluso le di una opción, pero como que no le gustó la idea y pues entre el cabrón y el William se mofaban de que yo me ponía a estudiar y a prender lucesitas (LEDs en mi protoboard), diciendo que se notaba que era un matado o teto, ya ni me acuerdo de las palabras exactas.

En fin, a partir de ese momento me dediqué a hacer lo que se me pagaba por hacer, sin dar más de mí, y dedicando el resto de mi tiempo a aprender y prepararme para salir de ahí.

Los amigos

Recuerdo a varios de mis compañeros con los que hice amistad, como lo son:

  • Jonathan, un tipo carismático y sin ningún sentido de autopreservación, un gran amigo con el que compartí aventuras, conocimientos, bromas, el café y un par de trabajos extra fuera de la caseta.

Electricista y plomero de oficio, fue mi profesor de manejo, dado que yo apenas y podía mover la camioneta cuando entré a trabajar, además de que juntos tuvimos que realizar varias tareas densas y recibir felicitaciones y regaños.

Por cierto, sé que vas a leer este texto, puñetas, así que saludos y espero que estés bien. Algún día volveremos a pistear y ya sebes que cuentas conmigo en lo que pueda ayudarte.

  • Sotero, mi amigo el arquitecto, que seguía de cajero cuando yo renuncié; la necesidad lo llevó a ese trabajo donde en un inicio lo trataban de humillar por ser arquitecto y andar podando pasto, pintando y echando mezcla, pero con el tiempo logró ganarse el respeto de los demás.

En fin, sé que el compita tenía planes y sueños; espero que los haya cumplido y esté en camino como me pasó a mí. A él le escuché decir la frase de “yo sí quería ser godinez”, que me marcó mucho y me hizo reflexionar sobre lo que estaba haciendo ahí, y lo que realmente quería hacer.

  • Julio el cajero, un joven ahí que le encantaba andar en bicicleta igual que a mí, era cobrador y se la pasaba hablando de sus viajes largos que había hecho en bicicleta y sus planes de emprender para ya no depender de un trabajo desgastante; hasta donde supe lo logró.

  • Julio el sobrestante, mano derecha y motivo de burlas del jefe de mantenimiento (no pongo su nombre porque es bien sangrón y seguro querría desquitarse). Julio fue un desertor de la UTM; estuvo en mecatrónica con César y Rafael, mis amigos emprendedores, pero su vocación era la construcción, no los circuitos.

Ingeniero Civil. Con él viví varias aventuras en el trabajo y, ambos sabiendo nuestro potencial, sabíamos que estábamos de paso en ese lugar, que nuestro momento llegaría en algún futuro próximo. Hasta donde sé, lo logramos. Perdón por echarte de cabeza un par de veces, jejeje; lo hice para que pudiéramos fungir como doble espía y así pasarnos la información para sobrevivir a ese ambiente laboral tan tóxico.

  • Don Edi, un guardia que andaba algo mal de salud, ex militar, un gran sujeto con quien luego pasaba a matar el tiempo ayudándolo en lo que podía para que no nos venciera el sueño, sobre todo a mí, jeje.

  • Juan Manuel el tlacua, un compa chofer que se la pasaba platicando de sus aventuras del otro lado de la frontera, un gran amigo con el que trabajábamos la electricidad y plomería en ratos libres para sacar el extra.

  • Daniel Luna y Víctor, dos amigos de mantenimiento con quienes iba a comer y a almorzar. Daniel la rompió con su negocio así que no necesitaba estar ahí, y Víctor ascendió a encargado de bodega; tiene mucho que no lo paso a saludar. Espero que lea este texto. Y que sus chamacos ya estén en la universidad.

  • Daniel Secundino, otro cajero, un tipo brillante que le tocó jugar la vida en modo leyenda; en otras circunstancias, estoy seguro de que sería mi compañero desarrollador o incluso mi jefe. Hasta donde supe afrontó problemas difíciles y renunció unos meses después de que yo me fui. Las pláticas con ese cabrón en las noches se ponían buenas. Nos encantaba trolear a la raza con frases de inventores y filósofos; recuerdo que fue el único que cachó la referencia cuando hice el comentario de que de viejo seguro moriría solo, sin familia y cuidando palomas. Tuve contacto con él hasta hace un par de años; espero que lea estas líneas y que esté bien.

  • Rafael, un cajero que se la pasaba trabajando y en el gym, muy buen amigo al que le prometí que le iba a heredar mi puesto cuando me fuera; desafortunadamente por circunstancias ajenas a los dos no se pudo, dado que lo cepillaron antes de tiempo por un jodido malentendido con un supervisor y una doña que no sabía guardar secretos.

  • Doña Elizabeth, Doña Nati, Doña Mary, Gaby y Eva, compañeras a las que, de repente iba a molestar con mis pláticas de ateísmo, ciencia, vida fuera del trabajo y cosas así. Al final yo podía hacer mis actividades y estar chismeando al mismo tiempo porque limpiar sensores y aceitar motores no requería de tanta concentración.

  • A Miriam, la jefa del Víctor, a la que me encantaba dejar en shock con la infalible técnica de Sócrates para trolear gente. Y también se divertía cuando les ponía trampas argumentales al William, Jonathan y al chingado jefe de mantenimiento.

  • Mi buen amigo Abel, con quien me tocó hacer varios tratos por ahí que nos beneficiaban a los dos a facilitar nuestro trabajo; ingeniero industrial con una gran habilidad para los negocios, los números y la administración, un gran amigo que espero también termine leyendo estas líneas para poderle agradecer por su amistad y apoyo. Y que se entere de que lo logré: aquí ando en un jale de los que les contaba cuando conviví con ustedes, donde vivo de lo que me gusta, programar computadoras de carros, por un buen sueldo y con un gran ambiente laboral.

Los accidentes

En mi estancia en el ambiente carretero me tocó presenciar y ver varios accidentes, desde los leves como una ponchadura de llantas, hasta los graves de choques directos de dos vehículos, o cuando una camioneta se queda sin frenos y se impacta contra la caseta, con un control del jefe de familia que ya quisiera yo tener si me pasa algún día, donde no pasó de un par de fierros doblados y un susto.

El que más me marcó fue una ocasión en que estábamos celebrando el cumpleaños de algún amigo; apenas llevábamos un par de mordidas al pollito rostizado en el comedor de los chalanes cuando de repente vimos cómo se impactaron un tsuru con un jetta en la cima de la montañita a lo lejos. El impacto fue tan fuerte que el tsuru salió del camino dando muchas vueltas y el jetta, que recibió un golpe frontal, quedó casi deshecho en la parte del motor. Afortunadamente no hubo muertos pero sí varios heridos. Y esa tarde ya no comimos por responder al accidente (desviar el tráfico, poner señalamientos, ayudar a mover los escombros, etc.).

Y al menos me tocó ayudar un par de veces a conductores que se salían del camino o se ponchaban las llantas por manejar imprudentemente en la carretera. A veces a pocos metros después de rebasarme cuando iba a hacer mis rondas para darle mantenimiento a los equipos de radio o rumbo a las casetas remotas que se encontraban a unos cuantos kilómetros de las principales.

También me tocó ver un choque directo a las barras de cobro, por un conductor muy tomado que se quiso pasar sin pagar el peaje, tratando de darse a la fuga, pero al final fue detenido por los guardias de seguridad y entregado a las autoridades. Lástimosamente vivimos en Oaxaca y el tipo pertenecía a uno de sus grupos de poder, alguno de esos sindicatos del transporte, y pues se fue a su casa sin pagar demasiado y sin muchas consecuencias por sus actos.

El final

Por ahí de noviembre ya estaba decidido a renunciar. Aún me di el lujo de pedirle a mi jefazo un aumento de nivel, ya que viendo el organigrama de la empresa me di cuenta de que había un puesto llamado Supervisor electromecánico o algo así, que ya tenía funciones más administrativas, de desarrollo de soluciones y liderazgo, aparte de las tareas técnicas (funciones que ya desempeñaba, sin la paga correspondiente).

Sé que nunca lo comentó con RH, pero yo cumplí con mencionarlo. Ante la negativa, cuando fui yo mismo con RH para avisar que renunciaría próximamente me di cuenta de que, a pesar de que había vacantes para un mejor puesto, tanto en mantenimiento como en sistemas en otras casetas de diversas ciudades del país, no fui considerado siquiera.

El día que presenté mi renuncia les dije que me iría a estudiar mi maestría en enero (en realidad en ese momento sí pensaba en estudiar una maestría, pero, en una peda en año nuevo, nos propusimos con César hacer lo que queríamos, programar), así que en diciembre antes de las fiestas navideñas me desvincularía con la empresa.

Solo duré ocho meses en el puesto, en los cuales no la pasé de lo mejor pero tampoco tan mal; al final el empleo no era para mí y antes de que me destruyera preferí salir, pero me fui de la manera más profesional (y épica posible).

Porque ese último mes me la pasé haciendo solo lo que dictaba mi manual de actividades, sin dar más de mí y sin atender fallas que estuvieran fuera de mis responsabilidades. Vi cómo se descompusieron un par de computadoras, una de ellas en manos de mi jefazo, y ya, aunque hubiera querido, no pude hacer nada. Como el disco duro se descompuso por una caída en funcionamiento, esa PC tenía un uso específico para un software de geolocalización de los radios de la zona de Tehuantepec que fue desarrollado por una empresa que ya no existía. Y no había forma de recuperar la información de un disco duro dañado, así que esa computadora quedó inservible.

Incluso como último acto de rebeldía, y como si el karma existiera, tres días antes de mi último día de trabajo, vi cómo trajeron la computadora que se había dañado por la actualización, y el ingeniero de sistemas le dio completamente la razón a mi diagnóstico: que se había dañado por la actualización, no por un daño físico o de hardware, como se había pensado inicialmente.

Además me solicitó ayuda para poder configurar los nuevos relojes checadores que utilizarían huella digital, a lo cual le di entrada en un puerto sin firewall y le ayudé a configurar el reloj. Por tanto, el ingeniero pensó que yo era el jefe electromecánico; todo esto justo en la oficina de recursos humanos, donde se estaban haciendo las tomas de huella de todos los empleados.

Al ver mis capacidades, el ingeniero de sistemas me dijo: “Espero que me acompañe al Istmo, inge, para que pueda ayudarme a configurar los relojes allá también”. En ese momento le respondí que no iba a poder, y la licenciada de recursos humanos le dijo: “Es que ya es el penúltimo día del ingeniero Octavio en esta empresa”.

En la encuesta de renuncia, le puse que mi motivo de salida era porque me iría a capacitar mejor, dado que era consciente de que mis habilidades y conocimientos no eran suficientes para desempeñar el trabajo que tenía. Lo dije con una total seriedad e ironía que vi cómo mi jefe no sabía si llorar o reír, y la licenciada no supo decirme nada, porque a ella le habían llegado varios correos que trataban de culparme por cosas que no eran mi responsabilidad, y justo les había resuelto problemas que ni el experto que venía de CDMX pudo realizar hasta que yo estuve presente.

Trataron de convencerme de quedarme al menos un mes más pero yo fui inflexible: que no. Sabía que me iban a extrañar, porque mi reemplazo fue la calificación más alta debajo de Jonathan (arriba de 70%) con un poderosísimo 56% o algo así en el examen que se consideraba de preparatoria, no es por denigrar al colega que se quedó en mi lugar, porque yo mismo sé que un examen no te define, lo gracioso fue saber que el amigo es ingeniero en sistemas, y en realidad la selección de candidatos era un batalla de influencia entre William y la licenciada de RH por meter a sus conocidos, siendo al final ese examen el test que haría que William impusiera su voluntad.

Mientras tanto en mi ausencia definitiva, el pobre Jonathan y Abel me seguían llamando para preguntarme cómo resolver problemas meses después de que me fui. Recuerdo una plática en el Whatsapp con Secundino cuando me dijo: “Eres el jinete sin cabeza cabrón, una completa leyenda. Cada que algo falla, ahi estan tu ex jefe y alguno de sus chalanes rascandose la cabeza a ver que pueden hacer, mientras Abel o Valentín les dicen: Raziel/Tavo lo habría resuelto en 10min”.

En fin, esta es la historia de mi paso por la caseta de cobro de Mitla, una experiencia que me hizo crecer mucho como persona, me hizo conocer a gente increíble, me dio la oportunidad de aprender cosas nuevas y, sobre todo, me hizo darme cuenta de lo que realmente quería hacer en mi vida, y lo que no quería hacer.